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    June 23

    Poe, el maestro

    El Cuervo
    Edgar Allan Poe
    Versión: Antonio Pérez Bonalde
    Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
    Sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
    Inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
    A mi puerta oí llamar;
    Como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
    Mano tímida a tocar:
    "¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta:
    eso es todo y nada más!".

    ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
    Y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
    Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
    Procurando en vano hallar
    Tregua a la honda desventura de la muerta Leonora;
    La radiante, la sin par
    Virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora
    Ya sin nombre... ¡nunca más!

    Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
    Me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
    De tal modo que el latido de mi pecho palpitante
    Procurando dominar,
    "¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia-
    Que a mi alcoba quiere entrar:
    Un tardío visitante a las puertas de mi estancia...,
    Eso es todo, y nada más!".

    Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:
    "Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando;
    Mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza
    Me vinisteis a llamar,
    Y con tal delicadeza y tan tímida constancia
    Os pusisteis a tocar,
    Que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
    ¡sombras sólo y... nada más!

    Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
    Quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños;
    Más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
    Ruido alguno..., resonar
    Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
    Yo me puse a murmurar,
    Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
    Esto apenas, ¡nada más!

    A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
    Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia:
    "De seguro -dije- es algo que se posa en mi persiana,
    Pues, veamos de encontrar
    La razón abierta y llana de este caso raro y serio,
    Y el enigma averiguar:
    ¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...:
    Es el viento, y nada más!".

    La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño,
    Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
    Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
    Con aspecto señorial,
    Fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
    De mi puerta el cabezal;
    Sobre el busto que de Pallas representa
    Fue y posóse, y ¡nada más!

    Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
    Con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
    Y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
    No eres cuervo nocturnal,
    ¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...!
    Dime, ¿cuál tu nombre, cuál,
    En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...?"
    Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

    Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
    Si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
    Pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
    Que lograse contemplar
    Ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
    Ave o bruto reposar
    Sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,
    Con tal nombre: "Nunca más".

    Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla,
    Sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
    Vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento
    Se le oía pronunciar...
    Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
    Y la aurora al despuntar,
    él también se irá volando cual mis sueños han volado".
    Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

    Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
    "No hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido;
    Aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
    Persiguiera sin cesar,
    Persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
    Sus canciones terminar
    Y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
    De: ¡Jamás, y nunca más!".

    Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
    Mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa;
    Luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
    Dime entonces a juntar,
    Por saber que pretendía aquel pájaro ominoso
    De un pasado inmemorial,
    Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
    Al graznar: "¡Nunca jamás!".

    Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
    Cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
    Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo
    Me empeñaba en descifrar,
    Sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
    Luminosa mi fanal,
    Terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla
    A oprimir, ¡ah, nunca más!

    Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario
    Que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario,
    Perfumado. "¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído,
    Y por medio angelical,
    Tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
    Te ha venido hoy a brindar:
    Bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!".
    Dijo el cuervo: "Nunca más".

    ¡Oh, Profeta-dije-o duende!, mas profeta al fin, ya seas
    Ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas
    Por los ábregos barrido a esta playa, desolado
    Pero intrépido, a este hogar
    Por los males devastado, dime, dime, te lo imploro.
    ¿Llegaré jamas a hallar
    Algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?.
    Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

    "¡Oh, Profeta-dije-o diablo! Por ese ancho, combo velo
    De zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo
    A quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,
    Presa infausta del pesar,
    Si jamás en otra vida la doncella arrobadora
    A mi seno he de estrechar,
    La alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora...".
    Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

    "¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida
    --grité alzándome--, retorna, vuelve a tu hórrida guarida,
    La plutónica ribera de la noche y de la bruma...!
    ¡De tu horrenda falsedad
    En memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja!
    ¡Deja en paz mi soledad!
    ¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!".
    Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

    ¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura,
    Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura....
    Y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
    Las visiones ve del mal;
    Y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca
    Se alzará..., nunca jamás!

     

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